domingo, 2 de diciembre de 2007

Evocando los tallarines de la abuela...

Mientras escucho una milonga de la puta madre, me acuerdo de los talla que hacía mi abuela materna. Jamas nos revelaba el secreto y comer en la casa de ella era una fiesta. Siempre una fiesta. Además mi abuela era pura sabiduría y alegría. Nos inventaba juegos. Nosotros - mi hermano y yo- nos debatíamos entre el nesquik o subir por enésima vez al ombú donde teníamos una casa. Mi abuelo reservaba los Milibar para mas tarde. Eso cuando no destapaba la lata con pequeñas florcitas donde tenia los chocolatines creo que arcor, donde había un niñito trepado a unos animalitos y afines.
Todos los días eran de fiesta en lo de mi abuela. No quiero escribir el nombre de ella porque me mata la nostalgia de escribir y leer ese nombre con tanta sonoridad a ternura para mí...
Al altillo yo subía a buscar tesoros. Y descubrí miles. Hasta el día que vi a una araña petrificada que me miraba desde una caja y no volvi mas. Al sótano no lo conocí nunca. Nos contaron que estaba tapado. Yo crecí - por suerte- siendo amada por mis abuelas y por mis abuelos. Es algo que los niños no se pueden perder y los grandes tampoco. Hoy quise cocinar unos tallarines parecidos. Sólo parecidos. Esa palabra lo dice todo.
Mi abuela va transitando como puede sus 93 y pico... nosotros, mi hermano y yo, somos dos egoístas de mierda que vamos poco y nada a verla. Cuando voy a Lincoln le dedico un rato. Y ese rato le estrecho las manos con mucha fuerza y me quedo tomada de la mano de ella todo el rato.
Mi abuela, dueña de la sonrisa mágica y las manos de fierro.

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